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El Castillo De Las Hechiceras III El Altar del Sacrificio: El Baño de Sangre Como un buzo que emerge a la superficie desde lo más profundo del océano, así es como el prisionero recobra la conciencia. Primero llega a sus oídos un rumor de leves susurros, poco a poco la sensación de estar acostado sobre una superficie dura y pulida. Aunque está débil se esfuerza para mover sus miembros, está encadenado, siente el dolor que producen los grilletes en las muñecas y tobillos. Lo han amordazado de manera que no puede emitir ningún ruido. Despacio abre los ojos, el entorno es borroso al inicio, está observando al techo que es una blanca bóveda de piedra. Inclina la cabeza adelante, su cuerpo exhibe las marcas dejadas por el acero al rojo vivo con el que lo torturaron las malvadas mujeres: el sello de serpiente bicéfala con el que lo herraron en el pecho, y las cicatrices dejadas por las pinzas. Él intenta observar a su alrededor. Está acostado sobre una cama de piedra, en el centro de un salón circular, rodeado por graderías escalonadas. El lugar está atestado. Lleno de figuras vestidas con hábitos negros y capuchas. Todas son brujas. Entre los pliegues de los hábitos sobresalen rostros de rasgos atractivos pero malignos. Cuatro brujas encapuchadas entran al salón, cada una sostiene una esquina de un palanquín cuadrado. La superficie del palanquín está acolchada con terciopelo rojo, sobre la que descansa una preciosa ninfa, una diosa blanca como el mármol, por completo desnuda, de tiernas formas turgentes y juveniles. Es la joven de los fríos ojos azules, quien anteriormente se ha encargado de torturarlo. Su largo cabello negro está suelto y liso y sus labios poseen su acostumbrado color rojo intenso. Las portadoras la conducen a donde se halla la cama de piedra con el prisionero encadenado. La joven gatea para trasladarse hacia la estructura de piedra. Las encapuchadas se van llevándose con ellas el palanquín. El esclavo ve como la diosa blanca como la nieve se desliza hacia él como una sensual gatita. A pesar de estar débil y tener el cuerpo castigado el hombre experimenta una viva agitación, siente un deseo gigante por esa mujer de delicadas y suaves formas. Él experimenta una erección total, su miembro viril se alza como una torre apuntando al cielo. Es una erección terrible y dolorosa debido a la reducida anilla que circunda la base del miembro. La joven avanza sobre sus manos y rodillas, llega junto al prisionero, gatea sobre él y se sienta a horcajadas sobre el abdomen del cautivo. Él se estremece ante el contacto de la suave piel de ella. La sensación lo excita aún más. Una bruja se acerca al altar portando una palangana. Es una figura siniestra cubierta con el hábito negro. Ofrece la palangana a la joven. Sobre la bandeja se halla un cuchillo curvo de reluciente hoja. La muchacha extiende su mano y toma el cuchillo. La bruja se marcha. La joven toma el cuchillo con ambas manos y lo eleva al cielo por sobre su cabeza, cierra los ojos y vuelve el rostro hacia arriba. Su pose sugiere que está entregada en una profunda concentración, todo su cuerpo en calma como una estatua de pálido alabastro, a la vez da la impresión de que estuviese convocando toda su fuerza para descargar, como un resorte, una cuchillada fatal sobre el indefenso hombre encadenado. Baja una de sus manos, dejando la otra sosteniendo el cuchillo en alto, extiende los dedos de su mano libre, cuya palma apunta al pecho del esclavo, sobre el emblema de serpiente que grabó con fuego. La joven pone los ojos en blanco, con el rostro vuelto al cielo, sus largos cabellos negros ondeando sueltos al viento; recita en voz casi inaudible extrañas palabras de un lenguaje ininteligible de resonancias bárbaras y antiguas. Ella da media vuelta, permaneciendo sentada sobre el prisionero, dándole la espalda, es una espalda perfecta que desciende estrechándose en una delgadísima cintura, para luego ensancharse en unas curvilíneas caderas que terminan en unas nalgas suaves y redondas que ahora están posadas sobre el tórax de la víctima. Las brujas que ocupan las graderías observan con atención. En un puesto de honor, una bella hechicera, cuyos rojos cabellos escapan bajo su capucha, apunta con un cetro de metal negro en dirección al altar de piedra. Blande el cetro como dando una señal a la ejecutora desnuda. El prisionero observa la espalda desnuda de la joven, le excita la forma como ella vuelve su cabeza una vez para observarlo de perfil por sobre su hombre. Y percibe una vez más esa mirada indiferente, insensible y malvada, en la cual no asoma siquiera la más leve sombra de compasión. Es una mirada que lo hechiza. Puedo olerla de nuevo, sintiendo el aroma de ella, su olor a crisantemos marchitos. Le agrada mucho el contacto de su piel, de sus glúteos y sus muslos. Siente como los finos dedos de ella hurgan sus testículos, le aferran el tronco del pene y comienzan a dar un lento masaje. Por fin él se relaja ante unos minutos de placer, que llegan después de tantos tormentos. Se da cuenta como la muchacha se frota contra su abdomen desnudo, siente la vagina húmeda restregándose contra su piel, mojándole con sus tibios líquidos que se deslizan por los costados de su estomago y que lo impregnan del penetrante olor de ella. La chica se está masturbando, friccionando su vagina en el abdomen duro y marcado del prisionero. El pene apresado con crueldad por el pequeño anillo de metal duplico su tamaño. Las venas se le marcaban como si fuesen las vetas de un tronco seco. La cabeza inflamada parece a punto de reventar. Pequeñas gotas de líquido incoloro se hallan en la abertura del glande. La explosión del orgasmo está próxima a ocurrir. El hombre se pierde en las sensaciones placenteras que lo embargan. Entonces ocurre. Pasa de inmediato, veloz como un relámpago. El cuchillo curvo brilla por un instante, la hoja corta el aire y de un único tajo cercena por completo el miembro viril del prisionero. La sangre surge en gruesos borbotones. La joven eleva el pene amputado levantándolo sobre su rostro. El miembro todavía se halla inflado y palpitante. Ella lo oprime, acelerando el escape de sangre. El líquido rojo cae sobre las finas facciones de la cara de la muchacha. La sangre se desliza sobre la piel blanca. Moja los labios, el cuello, se desliza por los senos redondos y erectos y desciende por la estrecha cintura. Una pareja de hechiceras llega junto al altar, cubiertas con sus túnicas negras y sosteniendo un brasero encendido que arde en llamas. En las graderías se escucha un leve murmullo como cántico monótono. La joven no tarda mucho en exprimir hasta la última gota contenida en el miembro mutilado. Una vez seco lo tira al brasero donde las llamas no tardan en convertirlo en un trozo de carbón. A continuación cercena uno por uno cada testículo, los corta despacio y con habilidad, como si fuesen frutos que desprendiese de un árbol. Tienen el mismo destino que su predecesor y ambas bolas van a parar al fuego. La joven voltea a ver a su víctima, se encuentra pálido, sin color, los ojos muy abiertos, las pupilas dilatadas, todo su cuerpo tenso, rígido. Está paralizado, en choque. Ella vuelve su vista, frente a ella continua abundante el sangrado y un charco rojo se ha formado sobre el altar. Una de las encapuchadas le ofrece unas tenazas de metal con mango de madera. La muchacha las toma y con ellas coge del brasero en llamas un disco de metal al rojo vivo. Con precisión va colocando el disco sobre las heridas, cauterizándolas. El torturado hombre se desmaya, desvanecido. Las sombras cubren sus ojos, las tinieblas y la noche, y entonces pierde el sentido. |
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